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martes, 28 de septiembre de 2021

3. DEL BARRIO AZULEDIZO.

 - Acá el cielo está astillado, loco. Es un cielo cortado que te va dejando la mirada con tajitos... cielo estirado como merca sucia. A nosotros nos crearon a imagen y semejanza de una escupida. Somos gargajos de Dios, apenas...


El barrio azuledizo disuelve la memoria. Mejor que sea así. Ya la gorra del Portugués, el del quiosco de diarios, no está. Ni tampoco el quiosco. Lo peor no es que nadie sepa de él sino que no saben siquiera que existió, que estuvo allí durmiéndose por años, preguntándose en sueños cómo mierda vino a parar a este sitio, arrancado de donde había nacido.


- Es que todos tenemos un cementerio en la cabeza,pibe. Y cada entierro duele- me dice ahora un viejo, tambaleándose, agarrándose de su tetra para no caer en la cuneta. Por un momento pienso que es Llerita, el curda que gritaba, los brazos abiertos al cielo gris de humo: soy divino, de vino soy.


Pero no, no es Llerita. Éste es un nuevo viejo de la barriada azulsiempre... mira al cielo pero no abre los brazos.


- Acá el cielo está astillado, loco. Es un cielo cortado que te va dejando la mirada con tajitos... cielo estirado como merca sucia. A nosotros nos crearon a imagen y semejanza de una escupida. Somos gargajos de Dios, apenas...


Se acerca para manguearme y ya no me cuesta tanto saber quién es sino que ese darme cuenta me clava ahí como una estaca olvidada, quién sabe, por algún circo. Y no sé si saludarlo, darle un abrazo, preguntarle por el gordo Dormila, su hijo o por Azul. Pedirle que me cuente qué fue de todos, incluso de mi mismo. Pero él me mira a los ojos y quién sabe qué ve porque se va, se aleja unos pasos, vuelve a mirarme, estira el tetra a modo de brindis y se lo zampa de una hasta ahogarse. Se tuerce tosiendo una tos mustia, chiquita que casi ni hace ruido pero que a él lo sacude y lo dobla en dos. Parece que va a vomitar, entonces me acerco, asustado, intento ayudarlo. Pero me para con la mano mientras sigue tosiendo...


- Andate, pibe -dice como puede- Mejor andate de acá y no vuelvas más...


Y se va hundiéndo en el azulsucio de esa calle que llamábamos Del Portugués y que ahora no sé cómo se llama, si es que tiene nombre.


Hasta mañana

lunes, 13 de septiembre de 2021

2. DEL BARRIO AZULEDIZO

Mientras, el barrio azuledizo iba pudriendo ese cielo de mediodía a fuerza de silencios mortales en las fábricas, que olían ahora a hambre, desamparo, frustración...

Santiago e Ismael se sorprendieron al verme salir del baño, pero no me dijeron nada. Ni siquiera me devolvieron el saludo. Yo aún tenía la mirada puesta en las paredes –tal vez más flacas, más viejas – de ese lugar tan sagrado donde acude tanta gente y en la que todavía estaba escrito, con clavos o cuchillos, las leyendas, que hoy, en su persistencia, me condenaban, junto a la tribu panzona y tan entregada como yo.

Promesas, como la del asalto al banco o el hasta la victoria siempre. ¿Y cuando?

Los viejos –Ismael y Santiago- seguían emborrachándose todos los días, envolviéndose en vino duro, berreta, denso; siempre con esas mismas historias de radicales, peronistas y gorilas, tan igual que me queda ahora irremediablemente lejos aquellas tardes cuando con algunos muchachos los escuchábamos y nos imaginábamos un país justo, libre y soberano.

Mientras, el barrio iba pudriendo ese cielo de mediodía a fuerza de silencios mortales en las fábricas, que olían ahora a hambre, desamparo, frustración; olor que invade todas esas calles encendidas por ese sol que descubre al pendejo ese, solitario de maldita soledad que en un umbral mojado con su propia desesperación está duro como la vida misma; duro como todo ese silencio de siesta; duro, irremediablemente, sin poder o querer ya saber que hay polvos con magia sucia de estrellas reflejadas en la tierra, que brillan por la lluvia y que no son más que escupidas de Dios. Y aunque sea comprensible que esa presencia sea la única en este barrio azulviejo, no deja de ser triste, muy triste. Sobre todo cuando el pendejo ese debe haber nacido cuando yo me fui de ahí ...

Mañana la seguimos...

domingo, 12 de septiembre de 2021

1. DEL BARRIO AZULEDIZO

Aun ninguno había comenzado ese lento suicidio perpetrado en casas que siempre están a medio hacer, con críos que lloran todo el tiempo, pañales cagados y la pregunta, siempre esa pregunta: ¿esto era la vida finalmente?


La gorra brillosa de grasa del Portugués, el diariero de la estación, solía ser el punto de referencia para los que no conocían el barrio. Como el tipo siempre se quedaba dormido y no se sacaba la gorra por nada del mundo se había convertido en un perfecto mojón.

Los que venían al barrio solían caer por lo general los sábados a la tarde. Venían a transarse a alguna minita o conseguirse algún ladrillito de fumo, o ambas cosas a la vez.

Cuando aún vivía allí, Seru Giran hacía temblar el papel de los parlantes baratos con el bajo de Aznar y la grasa crepitaba en fuegos amarillos que llenaban de humo el aire del mediodía. Aun ninguno de los nuestros había comenzado su lento suicidio, ese suicidio que se perpetra de a poco, en casas pequeñas que siempre están a medio hacer, con críos que lloran todo el tiempo, pañales cagados y las preguntas, siempre las preguntas como clavos herrumbrados: ¿esto era la vida finalmente?

Pero luego sí. Poco a poco, uno a uno terminó y determinó apuntarle con esa propia podrida vida a lo que quisieron ser y dispararon sin ver ningún mar ni primavera sino un río envenenado, basureado, lleno de pájaros muertos que no es más que lo que pudimos o quisimos hacer pero no hicimos, por dejadez o siesta, pero no hicimos.

Mañana la seguimos...