domingo, 12 de septiembre de 2021

1. DEL BARRIO AZULEDIZO

Aun ninguno había comenzado ese lento suicidio perpetrado en casas que siempre están a medio hacer, con críos que lloran todo el tiempo, pañales cagados y la pregunta, siempre esa pregunta: ¿esto era la vida finalmente?


La gorra brillosa de grasa del Portugués, el diariero de la estación, solía ser el punto de referencia para los que no conocían el barrio. Como el tipo siempre se quedaba dormido y no se sacaba la gorra por nada del mundo se había convertido en un perfecto mojón.

Los que venían al barrio solían caer por lo general los sábados a la tarde. Venían a transarse a alguna minita o conseguirse algún ladrillito de fumo, o ambas cosas a la vez.

Cuando aún vivía allí, Seru Giran hacía temblar el papel de los parlantes baratos con el bajo de Aznar y la grasa crepitaba en fuegos amarillos que llenaban de humo el aire del mediodía. Aun ninguno de los nuestros había comenzado su lento suicidio, ese suicidio que se perpetra de a poco, en casas pequeñas que siempre están a medio hacer, con críos que lloran todo el tiempo, pañales cagados y las preguntas, siempre las preguntas como clavos herrumbrados: ¿esto era la vida finalmente?

Pero luego sí. Poco a poco, uno a uno terminó y determinó apuntarle con esa propia podrida vida a lo que quisieron ser y dispararon sin ver ningún mar ni primavera sino un río envenenado, basureado, lleno de pájaros muertos que no es más que lo que pudimos o quisimos hacer pero no hicimos, por dejadez o siesta, pero no hicimos.

Mañana la seguimos...

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