- Pero vos sabés lo que pasa siempre en estas ocasiones –la voz del Junta empezó a venirme desde muy lejos- hay un día en que alguien , uno de los dos, no quiere o no puede llegar al lugar del encuentro.
Cuando encaré para volver a mi mesa la mujer de ropas entristecidas se había sentado allí y jugueteaba con el papelito arrugado donde yo había intentado escribirle algo a esa mujer perdida. Su cara estaba ya cuarteada por profundas arrugas y sus ojos despedían una mirada ácida. Fui entonces hasta la mesa, sobresaltado, con susto, a buscar mi saco que colgaba del respaldo de la silla en la que ella se había sentado.
- Pero vos sabés lo que pasa siempre en estas ocasiones –la voz del Junta empezó a venirme desde muy lejos- hay un día en que alguien , uno de los dos, no quiere o no puede llegar al lugar del encuentro. Ramón, el mozo, me lo juró por lo que más quería en su vida, que cuando la muchacha aquella entró sola ese atardecer de invierno con sus grandes ojos asustados, desde todas las paredes transpiradas los papeles allí pegados comenzaron a desprenderse como viejos papiros. Y yo le creo.
- Como también le creo que Barreto, su amigo del alma y socio, desde la caja, entre el ticket para la mesa cinco y la preparación de un capuchino se alarmó y puso el grito en el cielo. Pero Ramón no lo miró siquiera. Se limitó a apurarlo para que le preparara dos cafés, uno apenas cortado, sin poder evitar el sentir que a sus espaldas, la tarde se iba metiendo en un pozo que toda la indiferencia de la ciudad le estaba perpetrando a la silla vacía. Una tristeza que jamás se iría de allí, de esa esquina triste de Yrigoyen y Solís, como tampoco se iba a ir más de allí esa monstruosidad que va envejeciendo mientras espera a quien pegarle el guadañazo.
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