Y mientras el Junta se sumía de pronto en un silencio profundo y denso yo volví a verla, encendiéndose un cigarrillo. Percibí de nuevo ese destello, pequeño sí, pero destello al fin de su mirada.
Bueno –dijo el Junta volviendo de la risa anterior- sabés que Ramoncito un día y sin que venga a cuento de nada me dice: no conozco la voz de la muchacha –y volvió a imitar el tono gallego- Ellos vienen aquí, se sientan siempre en el mismo lugar, donde tu ya sabes, yo me acerco a atenderlos y ella sonríe todo el tiempo. El enseguida pide dos cafés, uno apenas cortado. Luego se toman de las manos, se miran, o escriben papelitos y se los pasan.
Y era cierto
porque yo mismo los vi allí un par de veces, a eso de las cinco de
la tarde. Y también a Ramón cuando les servía los cafés. Y por
nada del mundo podía pensar que ese hombre estaba amariconándose
por la delicadeza con los que los trataba. No era Ramón ese, no. Era
el que había sido en algún momento de su juventud, seguramente ...
Y mientras el
Junta se sumía de pronto en un silencio profundo y denso yo volví a
verla, encendiéndose un cigarrillo. Percibí de nuevo ese destello,
pequeño sí, pero destello al fin de su mirada. Y no sé si por la
angustia o qué pero comencé a hurgar, como si fuera mi última
oportunidad, el arrugado paquete de Particulares 30 en los bolsillos
de mi saco hasta que lo encontré. Saqué un cigarrillo que, pese a
estar doblado, no se había quebrado. Me levanté como quien busca la
puerta del baño y comencé a caminar hacia esa nube de humo azul que
la cubría a medias.
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