viernes, 17 de septiembre de 2021

4. MESAS TRISTES DE CAFÉ

... mi obsesión era saber cómo construir un puente hacia esa mujer que cruzaba sus piernas como de vértigo y yo empecé a escribirle, en un papel arrugado pero solo me salían palabras como herrumbre; cielo oxidado o el gemir de una guitarra faim en una piecita mal pintada. 


 ¿Qué es lo que te causa gracia? –le quise preguntar pero no lo hice.

-  ¿Crota? -volvió a repetir pero ya con la risa apagada.


Estábamos por la segunda ginebra y ya comenzaban a estallar fuegos artificiales en mi cerebro. Pese a eso recordé a la mujer que había visto por la tarde y me di cuenta que hasta ese momento la había olvidado por completo. Volví a ver su cara, joven, algo bonita. Estaba parada en la esquina de Solís e Yrigoyen como esperando a alguien. Sentí nuevamente ese olor a tristeza que parecían despedir sus ropas ...


- Esa tipa a la que vos llamas crota se para todas las tardes allí a eso de las cinco, a esperar, solamente a esperar que alguien pretenda seducirla antes de que llegue la noche y toda su podredumbre quede al descubierto. ¿Sabés cuantos cayeron en sus garras? Sino mirá la ciudad como está ...


Allí fue cuando empecé a creerle al Juntahistorias.


Porque era cierto que el mozo aquel, al fin de cuentas, no me atendió y tuvo que salir un tipo desde atrás de la caja registradora para preguntarme qué me iba a servir.


Porque también fue cierto que la mujer de las ropas entristecidas fue quedándose en la esquina y a medida que iba pasando el tiempo iba avejentándose hasta convertirse en el monstruo aquel que aprovechó a ocupar mi mesa cuando yo me levanté para pedirle fuego a esa mujer que, hasta ese momento, había estado sola.


También era cierto, puta madre, que hasta que no me lo dijo el Junta yo no me había dado cuenta de todo lo que había sucedido dentro de ese bar. Como si hubiese estado ciego o algo peor.


Porque era cierto que desde mi mesa empezó a brotar una sutil neblina que luego se convirtió en humo inundando todo el bar aquel. Y yo no me daba cuenta de nada porque mi obsesión era saber cómo construir un puente hacia esa mujer que cruzaba sus piernas como de vértigo para ponerse a leer, a escasos tres metros de mis manos temblorosas. Y yo empecé a escribirle, en un papel arrugado que encontré en el bolsillo. Pero solo me salían palabras como herrumbre; cielo oxidado o el gemir de una guitarra faim en una piecita mal pintada.

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