- Mirá flaco, todos los bares tienen mesas tristes, rengas, jodidas ... Pero ese bar adonde fuiste a parar hoy no es que tenga una mesa triste sino una que espera, simplemente espera ...
Pero el mozo, con el saco de botones metálicos y remiendos como cicatrices desplegaba ante mi desesperación todas las armas del oficio para mostrarme sólo un lado de la cabeza: su nuca rigurosamente rapada.
- Y es que Ramoncito no te iba a atender nunca –dijo repentinamente el Junta sorbiendo un gran trago de ginebra, como si hubiéramos estado conversando hace rato y no metidos en ese largo y tenso silencio en que habíamos quedado.
- ¿Por qué?
- Mirá flaco, todos los bares tienen mesas tristes, rengas, jodidas ... Pero ese bar de mierda adonde fuiste a parar hoy y que está a punto de morirse no es que tenga una mesa triste sino una que espera, simplemente espera ...
Fue entonces que se largó a contarme lo que sucedió aquella vez por el “setenta y pico” según él, en esa mesa y que terminó una tarde de llovizna cuando todas las palomas de la plaza de Mayo se fueron asustadas pero nadie se dio cuenta.
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