Mientras, el barrio azuledizo iba pudriendo ese cielo de mediodía a fuerza de silencios mortales en las fábricas, que olían ahora a hambre, desamparo, frustración...
Santiago e Ismael se sorprendieron al verme salir del baño, pero no me dijeron nada. Ni siquiera me devolvieron el saludo. Yo aún tenía la mirada puesta en las paredes –tal vez más flacas, más viejas – de ese lugar tan sagrado donde acude tanta gente y en la que todavía estaba escrito, con clavos o cuchillos, las leyendas, que hoy, en su persistencia, me condenaban, junto a la tribu panzona y tan entregada como yo.
Promesas, como la del asalto al banco o el hasta la victoria siempre. ¿Y cuando?
Los viejos –Ismael y Santiago- seguían emborrachándose todos los días, envolviéndose en vino duro, berreta, denso; siempre con esas mismas historias de radicales, peronistas y gorilas, tan igual que me queda ahora irremediablemente lejos aquellas tardes cuando con algunos muchachos los escuchábamos y nos imaginábamos un país justo, libre y soberano.
Mientras, el barrio iba pudriendo ese cielo de mediodía a fuerza de silencios mortales en las fábricas, que olían ahora a hambre, desamparo, frustración; olor que invade todas esas calles encendidas por ese sol que descubre al pendejo ese, solitario de maldita soledad que en un umbral mojado con su propia desesperación está duro como la vida misma; duro como todo ese silencio de siesta; duro, irremediablemente, sin poder o querer ya saber que hay polvos con magia sucia de estrellas reflejadas en la tierra, que brillan por la lluvia y que no son más que escupidas de Dios. Y aunque sea comprensible que esa presencia sea la única en este barrio azulviejo, no deja de ser triste, muy triste. Sobre todo cuando el pendejo ese debe haber nacido cuando yo me fui de ahí ...
Mañana la seguimos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario