Él enseguida pide dos cafés, uno apenas cortado. Luego se toman de las manos, se miran, o escriben papelitos y se los pasan entre ellos.
Cuando me di cuenta que ese café estaba totalmente inundado de silencio sentí que era demasiado tarde ...
Bueno –dijo el Junta volviendo de la risa anterior- sabés que Ramoncito un día y sin que venga a cuento de nada me dice: no conozco la voz de la muchacha –y volvió a imitar el tono gallego- Ellos vienen aquí, se sientan siempre en el mismo lugar, donde tu ya sabes, yo me acerco a atenderlos y ella sonríe todo el tiempo. El enseguida pide dos cafés, uno apenas cortado. Luego se toman de las manos, se miran, o escriben papelitos y se los pasan.
Y era cierto porque yo mismo los vi allí un par de veces, a eso de las cinco de la tarde. Y también a Ramón cuando les servía los cafés. Y por nada del mundo podía pensar que ese hombre estaba amariconándose por la delicadeza con los que los trataba. No era Ramón ese, no. Era el que había sido en algún momento de su juventud, seguramente ...
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