Fue en ese momento en que empecé a darme cuenta que ya era tarde para seguir escribiendo boludeces. Porque ese bar oscuro, a pesar de estar ahora lleno de gitanos, se moría. Y ya no iba a haber otra posibilidad para salir de allí más que con un nudo en la garganta.
Y mientras el Junta volvía a sumirse en un silencio profundo y denso yo volví a verla, encendiéndose un cigarrillo. Percibí de nuevo ese destello, pequeño sí, pero destello al fin de su mirada. Y no sé si por la angustia o qué comencé a hurgar, como si fuera mi última oportunidad, el arrugado paquete de Particulares 30 en los bolsillos de mi saco hasta que lo encontré. Saqué un cigarrillo que, pese a estar doblado, no se había quebrado. Me levanté como quien busca la puerta del baño y comencé a caminar hacia esa nube de humo azul que la cubría a medias.
Y claro que me habrían sobrado manos para acariciarla, porque apenas cuando rocé sus dedos imaginé un furioso viento y abracé tímidamente su mano intentando que el cigarrillo no se encendiera nunca. No escuché el abrir y cerrar de puertas detrás de mí y menos vi la sombra del tipo atrás mío que me pedía, con cierta doble intención, permiso para poder pasar y así sentarse frente a ella.
Y fue en ese momento en que empecé a darme cuenta que ya era tarde para seguir escribiendo boludeces. Y no fue la bronca o el resentimiento por lo del tipo que había llegado a la mesa de ella. Pero sí sentí que ese bar oscuro, a pesar de estar ahora lleno de gitanos y chiquitos que revoloteaban por todas partes, se moría inundado de silencio. Y que si yo me hubiese animado a llegar temprano, mas temprano a esa mujer... Pero no. Y ahora ya no iba a haber otra posibilidad de salir de allí más que con un nudo en la garganta.
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