Pero un día vinieron ellos con esos pedacitos de amor tan bien hechos y todo cambió en Ramón. Ya no insultaba cada café que servía ni necesitaba un par de vinos largos para que se le asome una mirada como la que había tenido hacía ya tantos años y a tanta distancia de aquí.
A decir verdad –me dijo- para Ramón la mesa donde vos te sentaste era igual que todas las otras, por lo tanto la odiaba con su crónico enojo gallego como a todas las otras. Si vos lo hubieras conocido por esa época... El gesto adusto, la cejijuntez de cepillo en su frente ...
Pero un día vinieron ellos con esos pedacitos de amor tan bien hechos y todo cambió en él. Ya no insultaba cada café que le tocaba servir, ni necesitaba un par de vinos largos para dejar que se asome bajo su duro entrecejo una mirada como la que había tenido hacía ya tantos años y a tanta distancia de aquí.
- ¿De dónde vendrán? ¿Te lo imaginas? –sugería ahora el Junta un delicado acento español- me preguntaba para luego con un suspiro de pendejo boludo decir: no podrás creer lo mágico, lo dulce que es el silencio que construyen entre los dos.
Yo sentía que todo eso que estaba viendo era muy distinto a lo que él llevaba vivido en este bendito país que lo acogió luego de la guerra perdida Y aunque le parecía raro, sabía que esa parejita era una señal bien clara de la única forma que había de no caer en la resignación, en la frustración. Y más se convenció de ello cuando vio aparecer a la vieja contrahecha, esa que se apuesta en la esquina todas las tardes ... la misma que se sentó a tu mesa hoy ...
- ¿Cuál? ¿la crota esa?
- ¿Crota? –repitió y se dejó tentar por una risa que olía a quién sabe dónde.
Mañana la seguimos...
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