No tendría que haberme detenido allí pero, de no haberlo hecho, no estaría escribiendo todo esto ahora así, con desesperación.
No tendría que haberme detenido allí pero lo hice. Había algo de mí que sospechaba. Por eso me paré en el medio de ese pequeño amontonamiento de gente que se asomaba a una de las bocas de acceso a la estación Uruguay del subterráneo.
No tendría que haberme detenido allí pero claro que sé que de no haberlo hecho, no estaría escribiendo todo esto ahora así, con desesperación.
Escribo: “Y no sé si porque la tarde iba cayéndose a pedazos rojos sobre el horizonte de la avenida Corrientes hacia Chacarita, pero allí había olor a muerte; a muerte anónima, aún caliente”.
Es un garabateo apenas legible que hasta a mi me cuesta entender. Lo estoy por tachar. Pero no. Lo dejo y sigo...
… Algo que contar, por más macabro que sea, parecía ser la consigna de esa gente con ojos como garras que acechaban las escaleras. Algo que contar en la cena. Me molestaba el palabrerío morboso de todos esos que solo esperaban ver subir a los bomberos con la camilla. La luz intermitente de la ambulancia salpicaba el pavimento con fugaces charquitos de sangre.
En ese momento me di cuenta que estaba a tres cuadras de donde lo había conocido al Junta. A tres cuadras de dónde había comenzado esa primera, intensa y única noche. Sólo a tres cuadras.
Mañana la seguimos...
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