Miles de perros, ojos amarillos, atravesaban los vidrios del Astral y ganaban la calle desangrándose, Corrientes abajo.
Al Junta lo conocí una noche en el viejo bar Astral. Yo estaba solo y fui al baño. Cuando volví se había instalado en mi mesa. De alguna manera iba a ser la segunda vez que me sucedía en esa noche que tenía todo para ser una noche de mierda. Y lo que más me jode hoy es no saber si fue mi noche más luminosa y que pasó sin que me dé cuenta.
Ese momento en que lo vi ahí, sentado, lo más tranquilo, me quedó grabado por el estruendo que hizo al caer una ficha en la máquina de discos. Tal vez yo solo lo sentí pero fue un enorme clac metálico que perforó el murmullo que se acumulaba en ese viejo bar de Corrientes. Murmullos que se parecían a los pelusones entre las patas de las sillas. Tamos, como alguien me enseñó que se decía.
Cuando la música estalló sentí que miles de perros, ojos amarillos y con colmillos goteando saliva ansiosa, traspasaban limpiamente los vidrios de la entrada y ganaban la calle desangrándose, Corrientes abajo.
Fue cuando el Astral todo se inundó con la voz aguardentosa y áspera del Indio
Vaya a saberse por qué yo estaba en ese bar húmedo donde la máquina de café express espantaba a las cucarachas con el vapor. En realidad, si alguna parte de mí lo sabía, hacía silencio. Incluso hasta hoy.
Mañana la seguimos
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