Cuando estás abajo tenés que estar atento porque muchas veces, a la noche, circulan trenes vacíos con vagones que llevan a reparar a los talleres. Son los que salen a la calle allá por Primera Junta ¿los viste alguna vez?
- Me fui a vivir a los túneles del subte en el ’79 – me dijo el Junta mientras intentábamos caminar manteniendo la vertical por Sarmiento hacia la avenida Pueyrredón. – Me habían amenazado y a muchos ya los habían agarrado. Otros pudieron irse afuera, levantaron vuelo, pero yo como no tenía un mango decidí hacer la contraria, irme para abajo.
La calle Sarmiento se hunde en el Once nocturno como un tren sin ruido que anda a ciegas. El Junta ya no transpiraba oscuridad y las ráfagas de luces que traían los taxis que pasaban de vez en cuando me devolvían un rostro totalmente distinto al que le había conocido hacía apenas un par de horas en el Astral.
– Primero fue difícil. Tuve que aprender los horarios de los trenes. Para que no te aplasten tenés que estar atento a las cucarachas y las ratas porque cuando ellas desaparecen es que se viene el tren. También tuve que aprender a esquivar a los obreros; calcular qué calle pasa por arriba para poder subir; saber los horarios que cierran los boliches de la estación Once o los de la galería Obelisco para conseguir comida, vino y cigarrillos… Estar atento porque muchas veces, a la noche, circulan trenes vacíos con vagones que llevan a reparar a los talleres. Son los que salen a la calle allá por Primera Junta ¿los viste alguna vez?
– Eso está bien para escribir una novela –le dije burlonamente.
– Es lo que quiero hacer, por eso es que te fui a buscar
– ¿A buscarme?
– Claro. Vos sos periodista ¿no?
– Si, esta bien. Pero esto es muy extraño.
– ¿Qué tiene de extraño?
– Todo tiene de extraño ¿sabés? Todo –algo dentro de mí había empezado a estallar.
– Mirá nene –y el Junta entonces me aferró firmemente de un brazo obligando a detenerme – Vos no sabés quien soy yo y te equivocarías mucho si pensaras que todo esto es una casualidad. Como te venís equivocando con esa mujer de los mil nombres que ahora ya no existe y que quizás...
- Si, ya sé. Decilo... nunca existió.
- Si existió. Pero sólo en vos. – me soltó y ambos nos quedamos mirándonos a los ojos en medio de la oscuridad de Sarmiento y Azcuénaga.
Tenía razón el Junta pero... ¿quién era?
Hasta la próxima
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