.
- Esa noche él estaba, como siempre, afilando su obsesión por esa mujer con la cual compartió la parte más iluminada de su vida. Gastaba lenta y obstinada su memoria convirtiéndola en un largo cuchillo.
En la esquina de Rivadavia y Misiones el viejo me señaló con su dedo manchado de tinta solvente del marcador una lastimosa luz que salía de una pizzería chiquitita y sola que estaba por esa calle.
– Ahí está ¿ves? Vamos – y encaró directamente para ese lugar desencantado, que se derretía despacito en neblinas de grasa y vino.
Yo lo seguí sin saber qué buscaba el viejo en ese lugar tan triste que nos recibió con un vaho intenso de calor, humedad, silencios y rejillas sucias, como si nos echara, como si no nos quisiera.
- ¿Ves? Acá es donde él se puso a escribir esa carta, esa única carta antes de irse, de perderse quien sabe dónde. Su carta de Buscatiente.
El Junta mientras tanto comenzó a revisar sus bolsillos y a hablar al mismo tiempo.
- Esa noche él estaba, como siempre, afilando su obsesión por esa mujer con la cual compartió la parte más iluminada de su vida. Gastaba lenta y obstinada su memoria convirtiéndola en un largo cuchillo.
Sentado en el umbral pringoso y oscuro, acá a la vuelta no más, por Yrigoyen, mantenía sus ojos, aún nublados , fijos en las ventanas del edificio de enfrente donde algunas sombras, totalmente ajenas a su presencia, parecían estar interpretando solo para él una danza que se le antojaba macabra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario